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El Hotel del millón de dólares

Publicado por 3errres el Viernes, 10 Diciembre 2004sin comentarios

Rodar una historia que gusta de transcendencias en las azoteas, narradores muertos y protagonistas inexistentes, una historia que además habla de culpas y que disculpa el amor con un suicidio, no es una tarea sencilla. Se trata más bien de un guión casi solemne, una metáfora sin convenciones que nos dice que la realidad sólo es estadística de un puñado de “muchos”.

El último ensayo fílmico del sesudo Win Wenders, The Million Dolars Hotel, pasa del análisis social a los sentidos más íntimos como quien pasea sin prisa por un jardín conceptual y nostálgico, romántico, frío y tremendamente optimista a pesar de las sombras.

Rodada en el 99, la trama se fecha en marzo del 2001 y se convierte en una profecía de lo inmediato en la que Wenders retoma ese “hoy ausente” que tanto le ilustra, encarnado en relatos de memoria floja y autoengaños. De esta forma, saltar al vacío no sólo es un arreglo de argumento, es también una forma de soñar el futuro cercano por una mente “out”. Suicidarse sólo es un acertijo, nunca una conclusión, y final y principio se aunan en un instante, el pensamiento raudo de un joven enamorado que sirve de chivo expiatorio. Las justificaciones morales de otros necesitan su certeza para no sentirse culpables y poder seguir dando pasos en su ambiciosa existencia.

El director alemán también se separa de su última inclinación hacia el oteo omnisciente perseguido en El final de la violencia, su penúltima obra, y resuelve acercarse al inóspito mundo de los que se pierden en el desierto de sí mismos. Y es que tal y cómo sugirió en París-Texas, en el interior de cada persona soplan los vientos de la amnesia, y sólo un profundo amor ayuda a atravesar los terrenos desnudos de la Babia. Eso sí, como en El final de la Violencia, Wenders propone una intimidad amenazada por los obejtivos indiscretos. Allí era un observatorio estelar que viraba hacia las esquinas de la ciudad para atisbar conductas, aquí es una cámara cercana que discurre sigilosamente por las fachadas como un limpiador de cristales y espía en primer plano los amores de cuarto, los papeles de los poetas, las obras de los artistas sin público y los “perdedores” en general, los que habitan en un hotel de “mala muerte” en pleno centro neurálgico de la civilización.

El policía Skinner, un robótico Mel Gibson, no sólo tiene las propiedades de un androide, pertrechado de prótesis con las que digitalizar charlas y comportamientos, es que además lleva el nombre de uno de los gurús de la psicología behaviorista, esa escuela que sólo cree en el estímulo y la respuesta y que concede a la mente un papel de extra. Resulta que Wenders renuncia a su última línea conductista, optando por el sujeto, el sentimiento y la conciencia, y no encuentra mejores ojos que los de un robot al servicio de la ley, al servicio también de la información y de la imagen de una televisión absurda y peligrosa que se inventa caprichosamente la fama, los artistas, los hechos, y juzga también después de dejar hablar sólo a los torpes. Skinner, obvia decirlo, está también sujeto a las órdenes estrictas del dinero, las cárceles sólo esperan a los pobres y las audiencias no saben o son hipócritas.

El objetivismo de Wenders es aquí un requisito para que hable el alma. Al final el espectador lo comprende. En realidad no importa la crítica a la humanidad, lo mejor ha sido la historia de amor… como las de antes. Tom Tom y Eloise, des-afortunada pareja, “mayordomo de vagabundos” el uno, “estupefacta lectora de pies descalzos” la otra, se enamoran. Los androides se derriten en sentimientos, las cámaras no pueden dejar de grabar, y las azoteas lloran a un hombre que sigue el camino de otro, y de otro más, a la búsqueda de un perdón o de un futuro.

Desde 3errres.com no podemos dejar de recomendar al amante de las buenas historias el espectáculo de algo más que una película inteligente, donde la culpa está en todas las almas, siendo más difícil de encontrar que una mota minúscula en un habitáculo inmundo.

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